Érase una vez una niña llamada Paula. Le gustaban mucho los animales pero ella no tenía mascota. Siempre les estaba pidiendo a sus padres un perrito, hasta que un día, cuando iba con su amiga Andrea, encontraron un perrito abandonado y vieron que tenía una patita coja. Entonces Andrea le dijo a Paula:
-Como a ti te gustan los animales, especialmente los perritos, pues cógelo, cúralo llevándole a un veterinario y quédatelo para ti.
-Pero...¿y si no es abandonado?. Alguien lo podría haber perdido.
-A un perro cojito no se le abandona; se le lleva a un veterinario. Así que ya le estás cogiendo y llevándole a casa.
-¿Puedes acompañarme, por favor?
-Vale, pero rica, ¡mira que eres pesada!.
Entonces Paula fue a su casa pensando que a lo mejor no la dejaban quedarse ese perrito; pero ella se lo preguntó a su madre muy cariñosa:
-Mamá, ¿puedo quedarme este perrito? Fíjate, está cojo.
-Bueno, vale; pero primero véndale la patita y báñalo. Mañana lo llevaremos al veterinario para que vea su pata y le ponga las vacunas.
-Muchas gracias por dejar que me quede el perro, creo que lo llamaré Gordinflón porque le voy a dar tanto de comer que se va a poner muy gordo.
Al día siguiente fueron al veterinario y le pusieron las vacunas y le miraron la pata. El veterinario dijo que se pondría bien en tres o cuatro días.
Paula se puso muy contenta y llena de alegría:
¡Ya tenía una mascota!.
¡Ya tenía una mascota!.
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